SOBRE LA CRIANZA Y LA MIGRACIÓN: TURNING RED NO ES UNA PELÍCULA PARA NIÑOS

SOBRE LA CRIANZA Y LA MIGRACIÓN: TURNING RED NO ES UNA PELÍCULA PARA NIÑOS

 

Un drama electrizante protagonizado por una joven asiática de 13 años, nos haría pensar que la última película de Disney-Pixar es contenido de lujo para la pubertad en éxtasis. Y aunque esto sea cierto, Turning Red no es solo una cinta de entretenimiento infantil, sino que brinda también una lección valiosa a los padres de familia, especialmente a aquellos que han decidido criar a sus hijos adolescentes en el extranjero.

 

Mei mei Lee la joven estrella de la película, es una adolescente que ha migrado junto con su familia desde China hasta Toronto Canadá. A lo largo de su crecimiento se ha enfrentado a las altas demandas de disciplina, orden y buen comportamiento dictaminadas por sus padres, especialmente su madre: Ming Lee, quien espera que su hija sea la “number one” en todo.

Este fenómeno suele ser muy frecuente en algunos padres que han migrado a otro país ya que llevan consigo la ambición de triunfar en un nuevo contexto, que no solo es ajeno a su cultura de origen, sino que plantea muchas veces retos difíciles y altos estándares de exigencia. Así, algunos padres suelen sobreexigir a sus hijos para que tengan el mejor comportamiento, las mejores notas, los mejores hábitos, el manejo perfecto de los dos idiomas, al mismo tiempo que estimulan la conservación de sus tradiciones y el sentido de pertenencia por su lugar de origen.

Esto sucede porque, al igual que todo inmigrante, los padres se ven confrontados a sus propias expectativas de realización personal, a las cosas que quisieran lograr y que de pronto no han podido, o al deseo de querer alcanzar su mejor versión en tierras foráneas. En un pasaje de la película la mamá de Mei Mei dice: “Excelente hija! Hoy tienes una A+ en matemáticas, mañana, serás embajadora en la ONU”.

 

Esto refleja claramente cómo muchos de estos padres, al llegar a otro país, desean que sus hijos cumplan sus expectativas y sus deseos, muchas veces incluso aspiran que sus hijos lleguen a ser aquello que ellos mismos no pudieron ser, o que su éxito profesional demuestre a familiares y conocidos que “sí ha rendido frutos el viajar a otro país”, que “sí ha valido la pena el sacrificio” que sus hijos son “los mejores”. Esto naturalmente se traduce en una fuerte presión hacia sus hijos, que deben llevar una carga invisible pero pesada en sus hombros.

 

Lo que vemos en la película, es que Mei Mei empieza a chocar con estas presiones al punto de que las hormonas, la sexualidad puberal, la rebeldía, el deseo de crecer y ser independiente, terminan eventualmente por brotar de su interior como una ráfaga incontrolable de emociones y energía, que se ven personificadas en la forma de un animal sagrado: El Panda Rojo.  Así, el Panda rojo es la representación de lo que Freud llamó el despertar de la sexualidad en la etapa adolescente, despertar que trae consigo el desarrollo de la personalidad.

Con el paso del tiempo Mei mei se entera de que el Panda Rojo es una “maldición familiar” que ha sido heredada por todas las mujeres de su linaje materno, lo cual las ha llevado a crear un ritual místico que les permita liberarse del Panda interior, poseedor de energías, pasiones y deseos desenfrenados. Mei mei, a diferencia de sus tías, mamá y abuela, se da cuenta de que quiere conservar su Panda interior por lo que decide no someterse al ritual y en un acto de rebeldía decide romper con la tradición familiar.

 

Así, Mei mei se enfrenta por primera vez a la norma establecida por los adultos produciendo un conflicto de dimensiones astronómicas entre ella y su madre quien le exige acatar sus órdenes y volver a ser la pequeña niña dócil y juiciosa de sus tiernos años de infancia. Mei mei, como buena adolescente, se rehusa a ello.

 

Poco a poco la película nos va revelando que la personalidad exigente de Ming Lee, madre de Mei mei, tiene como origen una relación conflictiva con su propia madre, quien fue la primera en migrar desde China hacia Norte América. La abuela era también una mujer exigente, demandante, intolerante e intransigente con Ming, pues quería que su hija fuera perfecta y demostrara su valor ante toda su familia.

Así, sin darse cuenta, a Ming le ocurre lo que a muchos adultos, y es que al enfrentarse a la tarea de la paternidad empiezan a repetir, sin saberlo, los mismos patrones familiares que les han generado conflicto con sus propios padres. Esta repetición suele ser inconsciente e involuntaria, y surge de la imposibilidad de los padres de reconectar y sanar sus lazos infantiles y dinámicas con sus figuras primarias de apego. Esto suele ocurrir cuando las familias migran al exterior, ya que los aspectos no resueltos de la infancia empiezan a generar convulsiones en la vida mental de los padres, a causa de los desafíos de la adaptación cultural y los retos de la paternidad en el extranjero.

 

Al final de la película, Ming y su madre tienen una posibilidad de re-encontrarse con su Panda interior y en medio de un ritual místico llegan a la reconciliación. Ming logra expresar todo el malestar causado por la crianza de su madre, quien en un acto sanador y reflexivo se hace consciente de sus errores y pide un sincero perdón a su pequeña hija. Este acto sanador le permite a Ming (madre de la protagonista) observarse a sí misma de una forma totalmente diferente y reconfigurar el vínculo con su hija Mei mei quien recibe la aceptación de su madre y sus familiares.

 

Esta película nos abre una magnífica reflexión y es que la mejor forma de acercarnos a nuestros hijos en su etapa adolescente, es conectándonos primero con nuestra propia infancia y sanando las dificultades que tuvimos con nuestras figuras de apego. Luego de esto cualquier Panda Rojo puede ser totalmente libre.

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